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Democracia climática: ideas para el mientras tanto

Héctor Escudero Leiva, miembro del Grupo Motor de la Red de Jóvenes Federal de Izquierda Unida e ingeniero agrícola.

La luz en sus máximos históricos, problemas de abastecimiento de materiales básicos para la construcción, y es que tenemos cada vez menos recursos porque los hemos consumido a un ritmo frenético e ilusorio, a expensas del planeta. Eso que Marx denominó la “brecha metabólica”.

Como especie, o al menos la parte que habitamos en el norte global, hemos disfrutado de un periodo de excepcional e irrepetible abundancia de energía y de recursos naturales. Pero también lo hemos hecho a expensas de nosotros mismos, y especialmente de quienes menos responsabilidad tienen en todo esto; según la Organización Mundial de la Salud el cambio climático es ya «la mayor amenaza a la salud a la que se enfrenta la humanidad»[1].

Los incendios son cada vez más agresivos, en la Sierra de Bermeja ya tuvimos en septiembre por primera vez un incendio de sexta generación[2]. Cada poco tiempo tenemos un récord de temperatura (como los 49ºC en Canadá) o inundaciones que arrasan los proyectos de vida de gente en todo el mundo, ocurre en España cada vez que sufrimos una DANA y ocurrió en Alemania, cuando unas inundaciones se llevaron la vida de más de 200 personas.

Mientras tanto, el capitalismo demuestra de nuevo que es un sistema rígido e incapaz de reaccionar, condenado por su propia naturaleza de acumulación de ganancia en manos de unos pocos, basada en el crecimiento infinito en un planeta finito. El capitalismo no respeta ni los tiempos ni los límites del planeta, ni los de nuestras vidas. Prueba de ello es que a pesar de que, con la de Glasgow, llevamos 26 Conferencias de las Naciones Unidas del Cambio Climático (COP), las emisiones han seguido aumentando desde la primera de las cumbres celebrada en Berlín ya en 1995.

En este escenario de inacción, de ecoansiedad creciente[3], de recursos que se acaban, con picos de petróleo, carbón, teluro, cobalto; de decrecimiento, en definitiva, aparecen, a mi entender, dos alternativas para gestionar esta crisis: una ecofascista y otra basada en una democracia más profunda.

Por un lado, una primera salida ecofascista, en la que se pongan en marcha luchas violentas para que el control estos recursos recaiga en las manos de unos pocos. Esto lo veremos nítidamente en la cumbre de la OTAN que tendrá lugar en España en junio de 2022, en lo que será una adaptación al nuevo contexto geopolítico, marcado entre otras cuestiones por el control de los recursos necesarios para la transición ecológica, o una respuesta militarizada a las migraciones climáticas que aumentarán con cada décima de temperatura que se caliente el planeta, algo para lo que ya se está preparando FRONTEX.

Estamos ante un nuevo negacionismo que ya no niega el calentamiento global, simplemente predican que no hay nada que hacer más allá de prepararse para cuando aparezca alguna tecnología salvadora. En un artículo, Marga Ferré, co-presidenta de Transform Europe, desarrolla más ampliamente esta idea[4].

Por otro lado, podemos situar una alternativa democrática que logre un reparto equitativo de los recursos y que sitúe las necesidades de la mayoría de la gente en el centro de la toma de decisiones. Parece el camino a tomar mientras no llega la sociedad socialista a la que aspiramos algunos. Hacer que la democracia funcione no solo significa hacer partícipe a la gente en la toma de decisiones, más allá de un voto cada cuatro años, significa escuchar menos al statu quo. Pero es que incluso la sociedad que tenemos en el horizonte debería incorporar sistemas de toma de decisión descentralizada. A algunos les sonará a lo de los soviets.

Si abogamos por esta segunda opción, además tenemos otra tarea (si te tira más la primera, es el momento de que abandones la lectura y así de paso te ahorras la faena): necesitaremos imaginar un mundo donde vivir mejor con menos, en un contexto ciertamente contradictorio, pues todo apunta a que el futuro no va a ser mejor. ¿Para qué luchar entonces?

La mía va a ser la primera generación que vivirá peor que la de sus padres, ya no creemos que el futuro esté ligado a un concepto vetusto de progreso. Pero a la vez, si solo imaginamos un futuro peor, el presente se convierte en admisible y eso nos puede desmovilizar, puede hacer que sintamos que no vale la pena luchar por cambiar las cosas. Y no hay que renunciar a ello. Es más, bajo mi punto de vista, adoptar este espíritu de derrota es un error en sí mismo, un error que me niego a asumir.

Esta crisis ecosocial es una oportunidad para repensar cómo producimos, cómo nos relacionamos entre nosotros, cómo consumimos (¿por qué la mayoría tenemos un taladro en casa si lo usamos cada mil años?), cómo nos movemos, cómo cuidamos a las personas y al entorno y, para ello no hace falta ser ingeniero, tener un doctorado o ser un político profesionalizado, ni siquiera hace falta ser activista, basta con conocer la realidad.

Por todo esto, la lucha de nuestro tiempo necesita nuevas maneras de dar con soluciones, emplear nuevas herramientas democráticas para ir hacia estructuras socioeconómicas que satisfagan las necesidades humanas sin dañar el planeta y para ello hay que ir más allá de las que ya tenemos.

¡Pero atención! No todas las fórmulas valen y el rechazo mediante referéndum en Suiza a su Ley de Cambio Climático, una de las más ambiciosas hasta la fecha, es una prueba de que tomar decisiones en un contexto sesgado por una gran campaña mediática en favor del actual modelo productivo puede ser contraproducente.

Si bien considero que una de las mejores maneras de tomar conciencia es participando en la toma de decisiones, yendo más allá de lo pedagógico, cualquier propuesta que no se base en la información, en la inclusividad y en la igualdad, queda deslegitimada. La deliberación democrática no es un foro abierto de intercambio sobre uno u otro asunto, sino un espacio de toma de decisiones y de transformación, es decir, de cogobernanza ciudadana en contextos de crisis.​​​​​​​ En definitiva, otra forma de entender y hacer política

Las asambleas ciudadanas deben ser una de esas herramientas que se sumen a las que ya existen, como los litigios climáticos, que han logrado sentencias históricas como la que condenó a Shell a reducir un 45% sus emisiones de CO2 en los próximos diez años[5]. Según el manual de Asambleas Ciudadanas de Extinction Rebellion, el movimiento climático incluye entre sus tres demandas esta cuestión. Estas se componen «necesariamente de un grupo de ciudadanos que forma una muestra representativa del conjunto de la población, al ser elegidos por un sorteo según criterios transparentes»[6], y aquí entraría la cuestión de la igualdad y la inclusividad de la que hablábamos más arriba.

Según Julien Talpin, «el sorteo encarna un principio radical de igualdad absoluta de todos los ciudadanos» y aunque defiende que la competencia política no es universal, por lo que estoy convencido de que a Aristóteles le gustaría tener ese debate con Talpin, considera que podemos asumir que «cada individuo dispone de suficiente sentido común y de interés general para decidir sobre cuestiones importantes»[7].

La definición que da Extinction Rebellion sigue: «Los participantes se informan y escuchan a expertos y partes interesadas, formulan preguntas, deliberan sobre las distintas opciones, votan e instan a los políticos a tomar decisiones acordadas». En la fase de formación acuden científicos de cualquier ramo, convocados por un panel de expertos, pero también acuden movimientos sociales, partidos, empresas…  Se escucha a todo el mundo. En la fase de deliberación se aseguran mecanismos para que ninguna voz domine el debate. Y, finalmente, se toman decisiones.

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), las asambleas ciudadanas han demostrado ya su capacidad de resolver conflictos de una manera abierta, informada y sosegada. Se han empleado ya, por ejemplo, para desbloquear la regularización del aborto o el matrimonio homosexual en Irlanda.

Tras años de polarización parlamentaria, se optó por convocar a 99 ciudadanos, que escucharon a 25 expertos y 300 personas de grupos de interés y deliberaron en un proceso que duró 5 meses. ¿El resultado? El 64% de los miembros de la asamblea se posicionó a favor del aborto sin restricciones, en un proceso que abrió un debate social al conjunto de la sociedad. Sin embargo, para que las asambleas ciudadanas funcionen es imprescindible acompañarlas de un proceso mediático para que el debate llegue a la opinión pública. En la Columbia Británica quienes tuvieron conocimiento de la existencia de la Asamblea Ciudadana apoyaron sus propuestas, pero la mayoría del público la ignoraba, de modo que las propuestas se descartaron por falta de apoyo[8].

En Irlanda, sin embargo, tras la asamblea se convocó un referéndum y después de abrir el debate social en canal, el 66,4% votó a favor de derogar la octava enmienda de su Constitución, legalizando así el aborto. Nada mal, teniendo en cuenta que las encuestas en 2017 decían que tan solo el 23% de la población compartía esta posición[9].

Otra experiencia que podemos tomar de referencia por su rigor metodológico es la Convention Citoyenne pour le Climat. Durante la asamblea climática francesa se consensuaron propuestas como «prohibir la construcción de nuevos aeropuertos y la ampliación de los ya existentes”, algo que nos hubiera venido bastante bien en el Baix Llobregat, o “revisar las emisiones de gases de efecto invernadero vinculadas a las importaciones en la contaminación europea” para prevenir la deslocalización de empresas. Además, llegaron al público general debates como el del ecocidio. Ya nos gustaría a la gente progresista tener la capacidad de meter en agenda estos debates con más facilidad.

Lamentablemente, la Asamblea Ciudadana para el Clima convocada por el Ministerio de Transición Ecológica (MITECO) que se inauguró el 20 de noviembre, ha renunciado a tener una asamblea al nivel de las que ya se han celebrado en todo el mundo. Esta Asamblea quedó deslegitimada antes de la primera sesión porque la muestra empleada en el sorteo no es transparente: se desconoce el tamaño de la muestra y cómo se ha construido. Y va a ver limitado su potencial porque no ha incorporado (ni ha dado respuesta) a ninguna de las propuestas realizadas por la sociedad civil durante el proceso de alegaciones. Va a acusar la falta de mediatización y de presencialidad (tan solo la última sesión escapa lo virtual, a pesar de que tenemos ya estadios llenos y discotecas abiertas. No me malinterpreten, quienes me conocen saben que a mí me encanta ir a bailar y al fútbol). Todo esto lo explica la Marea Deliberativa[10], una plataforma que se puso en marcha en septiembre tras la alerta lanzada por algunas organizaciones al conocer la propuesta del MITECO que ha reaccionado rápido para desprestigiar una herramienta que pretende repartir el poder, es decir, quitarles una parte, pero no solo a ellos. Claro, de nada sirven las Asambleas Ciudadanas cuando no hay voluntad de tomar las medidas valientes que reclama la ciencia, si eso supone toserle un poquito al poder económico.

La democracia representativa en la que vivimos responde a un sistema de incentivos, como las puertas giratorias y está sometida a la mirada cortoplacista impuesta por la campaña electoral permanente en la que vivimos, que obvia el debate sobre lo que de verdad nos importa a la mayoría de la gente. De ahí procede buena parte de la creciente desafección al sistema de partidos y la crisis de legitimidad a la que tenemos la obligación de atender, si rechazamos la alternativa ecofascista que planteaba al inicio de este artículo. En cualquier caso, como dice Rebeca Willis, «procesos como este [refiriéndose a la Asamblea Ciudadana del Clima de Reino Unido] no están destinados a reemplazar nuestro sistema de democracia representativa, sino a hacerlo funcionar mejor»[11].

La democracia deliberativa puede servirnos para abrir debates que de otra manera no hemos sabido abrir desde la izquierda, puede servirnos para ampliar la ventana de Overton y que lo radical se vuelva sentido común; también para lograr una toma de conciencia más generalizada. Por supuesto, tiene sus defectos (algunos han sido presentados en este artículo), pero como ya he dicho, estamos ante una herramienta más que debería sumarse a una propuesta progresista para que las consecuencias de la crisis climática no recaigan sobre las espaldas de siempre, para bascular la correlación de fuerza del lado de la mayoría social, la que dominaría una Asamblea Ciudadana.

Héctor Escudero Leiva (@hectorescu31) es miembro del Grupo Motor de la Red de Jóvenes Federal de Izquierda Unida e ingeniero agrícola.

Notas

[1] Radio Televisión Española. (11 de octubre de 2021). La OMS alerta de las consecuencias sanitarias del cambio climático: 13 muertos por minuto en todo el mundo. Recuperado de: https://www.rtve.es/noticias/20211011/oms-alerta-consecuencias-sanitarias-cambio-climatico/2187820.shtml

[2] Maldita. (17 de septiembre de 2021). El incendio de Sierra Bermeja es el primero de sexta generación en España: por qué y cómo se clasifican los grandes fuegos forestales. Recuperado de: https://maldita.es/malditateexplica/20210917/sexta-generacion-grandes-incendios-forestales-sierra-bermeja/

[3] Hickman, C, et al. (2021). Young People’s Voices on Climate Anxiety, Government Betrayal and Moral Injury: A Global Phenomenon. Disponible en: https://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=3918955

[4] Ferré, Marga. (2 de noviembre de 2021). Por qué no hacen nada contra el cambio climático: la destrucción creativa y el experimento de Ash. Público. Recuperado de: https://blogs.publico.es/otrasmiradas/53283/por-que-no-hacen-nada-contra-el-cambio-climatico-la-destruccion-creativa-y-el-experimento-de-ash/?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=web

[5] Climática. (26 de mayo de 2021). Un tribunal de La Haya condena a Shell a reducir sus emisiones un 45% para 2030. La Marea Climática. Recuperado de: https://www.climatica.lamarea.com/sentencia-historica-contra-shell/

[6] Extinction Rebellion. (2020). Guía de Extinction Rebellion para las asambleas ciudadanas. Disponible en: https://drive.google.com/file/d/1jDdSmSoVyCFEOh_CzrGC1hQMDPDhxeYI/edit?fbclid=IwAR0nETE8Vk5SZEkLLFdAJ2e24Kndd2-B_KH9kf-E6gJsFSGWhltVWt7L99M

[7] Peña-López, I. (2020). Innovative citizen participation and new democratic institutions: Catching the deliberative wave. OCDE. Disponible en: https://www.oecd-ilibrary.org/governance/innovative-citizen-participation-and-new-democratic-institutions_339306da-en

[8] Talpin, J. (2017). ¿Democratiza el sorteo la democracia? Cómo la democracia deliberativa ha despolitizado una propuesta radical. Daimon, Revista Internacional de Filosofía, no 72, p. 187-203. Disponible en: https://doi.org/10.6018/daimon/295911

[9] Michela Palese. (29 de mayo de 2018). The Irish abortion referendum: How a Citizens’ Assembly helped to break years of political deadlock. Electoral Reform Society. Recuperado de: https://www.electoral-reform.org.uk/the-irish-abortion-referendum-how-a-citizens-assembly-helped-to-break-years-of-political-deadlock/

[10] Marea Deliberativa [@MDeliberativa]. (16 de octubre de 2021). Recuperado de: https://twitter.com/MDeliberativa/status/1449345921259610116

[11] Rebeca Willis. (1 de noviembre de 2021). The big idea: Is democracy up to the task of climate change? The Guardian. Recuperado de: https://www.theguardian.com/books/2021/nov/01/the-big-idea-is-democracy-up-to-the-task-of-climate-change

Fotografía de Álvaro Minguito.

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