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Emergencia climática: es hora de impugnar el sistema

La amenaza es inminente, y nuestro consumo individual no es capaz de compensar el daño que empresarios y ricos causan, frente al escaso impacto de nuestra forma de consumo a título particular. La solución definitiva pasa, una vez más, por la lucha de clases.

Mariana Robichaud. Grupo Motor de Jóvenes de Izquierda Unida

No vas a salvar el planeta por no comprar en Zara, ni por no coger un avión, ni por reducir el consumo de carne. Si eres clase trabajadora, y por estadística la mayoría lo somos, tus hábitos de vida, de consumo, no tendrán ningún impacto significativo sobre el enorme problema que supone la crisis climática, y es importante que tengamos esto claro para enfocar adecuadamente el problema y así poder dar pasos en la dirección correcta y frenar su avance.

Son incontables los titulares que culpan a la sociedad en su conjunto de las consecuencias del cambio climático, que aluden constantemente a la responsabilidad individual como un deber, como si la sociedad fuera homogénea y la destrucción del planeta recayera por igual en todas nosotras sin una distinción entre clases. Pero lo cierto es, en realidad, que el 1% más rico del planeta emite más CO2 que el 50% más pobre. Es más: según Oxfam y el Instituto de Medio Ambiente de Estocolmo, el 10% más rico del mundo fue responsable de más de la mitad de las emisiones globales en 2015. Sin embargo, serán estos últimos, los más pobres, quienes sufrirán las mayores y más duras consecuencias propias del cambio climático. Todas las cifras que podemos encontrar sobre el tema apuntan, efectivamente, en esta dirección. Los números hablan por sí solos: el origen de este problema radica en la clase capitalista, en los propietarios, en ese pequeño porcentaje de la sociedad que vive a costa de explotar a una enorme mayoría. ¿Quiere decir esto que nosotros, la clase trabajadora, no podemos hacer nada por la justicia climática? En absoluto. Tomar conciencia de la gravedad de este asunto debe conducirnos, necesariamente, a la acción, a la práctica, pero a aquella que parte de un análisis claro de la realidad y que tiene en cuenta cuál es la raíz de esta crisis climática y cómo luchar contra su avance, y no puede ser otra que aquella que impugna este sistema de producción basado en el extractivismo, en el enriquecimiento de unos pocos a costa de las graves (muchas de ellas ya casi irreversibles) consecuencias sobre el planeta. A esto nos referimos también cuando hablamos de que no existe consumo ético bajo el capitalismo.

 

Este debate sobre los hábitos de consumo individuales ni es nuevo ni se reduce a la problemática de la emergencia climática. No se trata de que las acciones individuales sean, de por sí, negativas, no obstante no podemos de ninguna manera usarla para limpiarnos las manos y pensar que son verdaderamente útiles. No podemos lavarnos la conciencia creyendo que así hacemos algo por combatir el cambio climático, que conseguimos algo notable. El activismo por el mero activismo, sin objetivos concretos, sin el enfoque de clase necesario, no sirve más que para sentirnos mejor con nosotros mismos. No llega a provocar ningún cambio real a nivel estructural, que es donde reside el problema. Los hábitos de consumo, por sí solos, y sin una perspectiva de clase, no son capaces de solucionar los estragos que este modo de producción capitalista genera a nivel mundial. Es un claro ejemplo de buenas intenciones mal enfocadas.

 

La Cumbre del Clima recientemente celebrada en Glasgow ha sido un claro ejemplo de cómo todo acuerdo dentro del sistema capitalista mundial no es más que palabrería incapaz de abordar y afrontar esta amenaza. A los poco ambiciosos objetivos que se han marcado en ella, se suma el hecho de que los países más vulnerables y con menos recursos son aquellos que más salen perdiendo. ¿Qué hacemos entonces? La respuesta pasa por analizar la situación actual, nuestras capacidades, nuestras herramientas, y tener en mente la sociedad a la que aspiramos. La respuesta no es cruzarse de brazos y esperar que la revolución caiga del cielo, que de un día para otro vivamos en un sistema socialista donde, de forma automática, sean las necesidades reales de las personas las que rijan la producción, y no el enriquecimiento exponencial de la clase burguesa.

Hemos de trabajar por concienciar de la necesidad de ese nuevo modo de producción que sí respete el planeta. Hemos de poner el foco en el origen del problema climático, que es la existencia de una clase que vive para explotar a la otra. Solo basándonos en ello podemos realmente solucionar este problema. Nuestra tarea es informarnos, informar a las demás, concienciar, señalar la raíz de esta crisis. Debemos dejar patente que sin superar el capitalismo y evolucionar a una economía planificada, solamente habrá respuestas parciales al problema, pero no que lo aborden de manera íntegra.

 

Por tanto, no se trata de elegir entre tomar acción de forma individual o luchar por cambios estructurales, no sería acertado afirmar que son incompatibles, aunque lo cierto es que únicamente esto último, la lucha por un cambio hacia un sistema de economía planificada y basado en las necesidades reales de consumo, es lo que podrá acabar con la destrucción del planeta. Buscar medidas que sirvan a modo de parches del sistema capitalista tan solo puede limitar, temporalmente, el impacto climático.  De poco sirven las respuestas cortoplacistas. Poco podemos hacer dentro de un sistema que, por definición, es incompatible con el planeta, pues se basa en el enriquecimiento exponencial y desmedido de unas minorías que tan solo buscan el beneficio propio a costa de las consecuencias que ello supone para el resto de la humanidad. ¿Realmente queremos tratar de regular, tímidamente, un sistema de producción basado en la explotación y en el beneficio por encima de todo lo demás, o queremos reivindicar la necesidad de construir una sociedad que no esté basada en la producción masiva e innecesaria que destruye el planeta? Si de verdad nos preocupa la emergencia climática, dejémonos de medias tintas, de conformismo y de individualismo. La amenaza es inminente, y nuestro consumo individual no es capaz de compensar el daño que  empresarios y ricos causan, frente al escaso impacto de nuestra forma de consumo a título particular. La solución definitiva pasa, una vez más,  por la lucha de clases. El reformismo no puede salvar el planeta.

 

Artículo publicado en Nueva Revolución

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